Diobenys
J. Paternina M.
Investigador del SNIFPM – Miranda,
Venezuela
La fortuna de este
“descuido” facilitó que la lectura de Doña
Bárbara se transformara, sin pretenderlo inicialmente, en escucha de otras
voces de la llanura apureña, especialmente la candelariera[i],
que se sitúan más allá del mero binomio barbarie/civilidad. Otro hubiese sido
el resultado si, antes de ir a vivir en las entrañas de la llanura apureña, se
hubiese leído la novela galleguiana como antesala al encuentro con las sabanas
de Apure.
Durante la lectura de
la novela, lo que ocurrió entre un largo viaje a tierras zulianas[ii],
la estancia en ellas y el retorno a la región de los altos mirandinos[iii],
la aparición bulliciosa de unos pájaros quedó registrada de forma permanente en
la desdeñosa memoria del lector. “Registro”
cuya huella más atractiva tiene el rastro de lo enigmático. Los rebullones
tienen una aparición breve en Doña
Bárbara si se les compara con otras figuras narrativas que recorren dicha
novela. Pero en su brevedad, es una aparición intensa y decisiva, si se les
toma en cuenta con relación a otras imágenes que, por moverse en el ámbito de
las creencias, calificadas de supersticiones, comparten un mismo campo de saber[iv].
Su presencia, por otro lado, está ligada a la figura de Juan Primito, el bobo,
el que no es llevado por la razón, sino por una inocencia que raya los límites
de la locura o, mejor, de la sinrazón[v].
Presencia enigmática que solo Juan Primito es capaz de descifrar, los
rebullones evocan otro horizonte de comprensión; su presencia en la sinrazón de
Juan Primito es signo de acontecimientos y desenlaces que se aproximan y que, a
pesar de la pretensión civilizadora de Santos Luzardo, desembocan en un gesto
de resistencia, en una vuelta a la experiencia originaria, fundacional, de un
modo compartido de practicar la existencia.
Se entiende aquí lo
originario no como un momento inicial ni menos aún como un acontecimiento
secreto, vacío o hueco, sino como ese otro
lugar, heterotopía en términos de
Foucault, en tanto saber histórico que irrumpe
en el campo de un juego de verdad en el cual se dibuja un horizonte
pre-comprensivo en cuyos límites se dan otros sentidos y, por tanto, otros
significados que configuran un mundo de vida. Este sentido de lo originario
se anuncia con fuerza en la primera parte de la novela, en el capítulo VII, que
sirve al autor para presentar a Doña
Bárbara, su transformación en la “devoradora de hombres” y su devenir en
“cacica del Arauca”. Al tratar de señalar el lugar de su procedencia, en los
dos primeros párrafos de este capítulo, cuenta:
De
más allá del Cunaviche, de más allá de la Boca del Monte, que es más lejos que
más nunca –decían los llaneros de Arauca, para quienes, sin embargo, todo está
siempre-: <<ahí mismito, detrás de aquella mata>>. –De allá vino la
trágica mujerona[vi].
E inmediatamente, en el
párrafo siguiente, añade: ¡De más allá
todavía! Fruto engendrado por la violencia del blanco aventurero en la sombría
sensualidad de la india, su origen se perdía en el dramático misterio de las
tierras vírgenes[vii].
En cuanto a la “violencia del blanco aventurero”, de la
que es fruto Doña Bárbara y de la que
no escapa la “historia” familiar de Santos Luzardo, no se trata solo de una
trágica expresión literaria del autor. Esta expresión recoge, de forma
intencional o no, esa violencia brutal de los blancos conquistadores españoles,
denunciada reiteradas veces por Fray Bartolomé de Las Casas, y cuyo rastro, en
la entraña de nuestra cultura, fue seguido, entre otros, por Francisco Herrera
Luque[viii].
La irrupción de los rebullones
acontece en el penúltimo capítulo de la segunda parte y constituyen la bisagra
que permite aventurar el final de la misma, su desenlace en la aparente derrota de la “devoradora de
hombres”, y el triunfo, confuso, de
la razón civilizadora traída por Santos Luzardo. Pero no es cualquier irrupción.
Con los rebullones la fisura que se abre va a ir adquiriendo un carácter irreversible
en el proyecto civilizador. Por ella, a través de su abertura, se desliza el
murmullo silencioso, callado, secreto, de una voz cuya naturaleza está en otras
fronteras, en tanto otras, distintas a aquellas que pretenden hacer posible la cerca y
el tren, los dos símbolos de una modernidad pretendida[ix]
desde la llegada de los europeos y atrapada en un permanente acto fallido a lo
largo de la historia política colonial, primero, y republicana, después, de Venezuela
y América Latina.
Mucho antes de la
puesta en escena de los rebullones, la razón civilizadora en Doña Bárbara afirma su supremacía en el
rechazo de toda superstición o creencia mítico-religiosa. Eso es lo que se
deduce de la conversación que, sobre leyendas y espantos de la sabana,
sostienen los peones con Pajarote. La conversa, nocturna, acontece en el
capítulo V de la novela, en la primera parte, y está precedida por un primer
párrafo que prepara no solo la narración que sobre el familiar hará Pajarote, sino que permitirá, luego, ubicar estas
creencias en la frontera de la barbarie:
Noche
de luna, buena para los cuentos de apariciones. Bajo los techos de los caneyes
o encaramados sobre los palo-a-piques, siempre hay entre los vaqueros alguno
que hable de los espantos que le han salido. La fría claridad del satélite puebla
de duendes la tierra de los espejismos. Son las noches de las sombras blancas
al pie de los árboles, de las hierbas que se doblan al paso de los fantasmas
invisibles, de los jinetes misteriosos en los claros de la sabana, inmóviles y
siempre a la misma distancia de quien camine hacia ellos[x].
He ahí la explicación
natural de esas apariciones: ¡espejismos!, resultado del juego de sombras producidas
por la claridad de la luna y las noches[xi]
sabaneras. Entre esos espejismos se mencionan a “los siseadores”, “duendes”,
“almas en pena”, “la Sayona”, “el Ánima Sola”, “la Llorona”, “la Mula Maniá”,
hasta llegar a la figura central de la experiencia de Pajarote quien cuenta a
sus compañeros “que había visto al familiar
de Altamira”, una “antigua superstición” que consiste en un pacto que es
sellado con el enterramiento vivo de un animal, un hombre o de ambos a la vez, cuya
creencia aún hoy pervive en la memoria de los habitantes de las sabanas de La
Candelaria[xii],
que se hacía al fundarse un hato con el fin de que ese animal se transformase
en un espíritu guardián de dicho hato. Figura legendaria y totémica que, en el
caso de Altamira, el hato de los Luzardo, era un “toro araguato”.
Para los peones
llaneros, según narra la novela, la aparición de “el familiar” era un buen augurio. Curioso detalle que,
sin duda, está en estrecha relación con la llegada de Santos Luzardo a
Altamira, descrita apenas en el capítulo III de la primera parte. Se vale
Rómulo Gallegos de las supersticiones llaneras, de sus espejismos, para
pre-anunciar, como de un destino inevitable, el triunfo de la civilización
sobre la barbarie, no sin antes conjurar, una vez más, esas creencias al
atribuir su origen, como una leyenda, a “un
fenómeno de espejismo, aguas ilusorias de donde se levantan polvaredas,
asociado con la superstición”[xiii].
Los buenos augurios que implica la llegada de Santos Luzardo no pueden quedar
atribuidos sin más a la aparición de “el
familiar”, sino que debe ser consecuencia de la razón civilizadora
que el heredero de Altamira trae consigo[xiv].
La fe en el progreso, en la civilidad, es la fe en la razón moderna; al menos,
en esa razón instrumental que apuesta por un progreso, aunque sea en términos
meramente tecnológicos –de ahí la cerca y el tren como símbolo de la civilidad
de la llanura-. Lo anterior implica dejar de lado aquello que no puede ser
comprendido bajo los parámetros de lo empírico y lo fáctico. Es el único modo
de superar la “barbarie” que respira por todos los lugares que recorre Doña Bárbara en sus primeros diez
capítulos de la primera parte. Y, sin embargo, “el familiar” ha cumplido su propósito en el conjunto de la narración:
infundir, bajo la guía de una creencia, aunque sea resultado de un mero
espejismo, la idea en los peones[xv]
de la necesidad del triunfo de la civilidad del “amo”, así consideran a Santos
Luzardo los habitantes de Altamira, sobre la barbarie.
Como se ha señalado,
los rebullones presagian, en el penúltimo capítulo de la segunda parte, bajo el
amparo de la sinrazón de Juan Primito, el inminente e inevitable triunfo de la
“civilidad” sobre la “barbarie”. He ahí lo enigmático: los rebullones traen
consigo el murmullo de esa voz otra
que ya no abandonará el resto de la trama de la novela galleguiana, y, a la
misma vez, han sido evocados con el mismo propósito que lo fue “el familiar” en el capítulo V, es decir,
para augurar el triunfo de la razón
civilizadora. En la fisura de
esta enigmática paradoja, la narrativa de Doña
Bárbara, en la III parte, se moverá en un doble pliegue: la de esa voz otra mítica, legendaria,
discretamente sigilosa, por un lado, y la de la razón civilizadora, por el otro, coexistiendo sin oponerse del
todo, hasta llegar a un desenlace en la que ambos pliegues muestran el lugar
que, por ahora, parecen ocupar. Uno situado en el campo de un susurro,
presencia discreta, secreta, silenciosa, marginal y, paradójicamente, audible,
perceptible, aún en medio de la “derrota” de la “barbarie”; el otro, la
“civilidad”, triunfante bajo la diáfana llegada del “alambre de púas” y la
aplicación de la “ley” que permite a Marisela, la antítesis de la “hija de los
ríos”, poseer las tierras de su madre. Sin embargo, la derrota de la cacica
parece, más bien, una retirada estratégica o, al menos, un modo otro de estar
presente.
Aun cuando, al final de
la novela, “todo vuelve a ser Altamira”, a pesar que la “cacica del Arauca” en
realidad claudica de sus intenciones movida por la evocación de un amor y una
maternidad perdida, ¿o más bien
violentada y usurpada?, su marcha está signada por una extraña confusión, que
impide saber cuál fue realmente su destino final[xvi].
Lo que más se escucha decir, aquello de lo que se ha hablado mucho, es “de un
bongo que bajaba por el Arauca y en el cual alguien creyó ver a una mujer”.
Un bongo[xvii]
que “navega de noche”, Arauca abajo”[xviii],
como si bordeara la civilidad luzardera, esperando la oportunidad para hacer
saber que aún está ahí como la “hija de los ríos”, guardiana permanente que
cuida la sabana y le recuerda que a ella no le pertenece ni la cerca, ni el
tren, sino que es “toda horizontes, toda caminos”. Ese es el topos histórico cultural de la sabana cuya
entraña, con cerca y todo, pues el tren no ha llegado aún, sigue hoy plena de
esa voz otra que abraza, en un solo
arrullo, la vida milagrosa de una tierra que está hecha para arropar en su seno
a todos.
Se comprende entonces
aquello que más temía Rómulo Gallego en su novela: que la voz de la “barbarie”,
en realidad voz[xix] otra más que barbarie, terminara por
seducir a quien la escucha, dirigiendo su propio destino a la misma realidad de
ese bongo sobre el cual una mujer parece haber sido vista, rondando los límites
de una civilidad que quizás se mueve más en el campo de lo aparente que de lo
real.
Por tanto, volver a
leer la novela, esta vez de forma intencionada, con los oídos prestos a
escuchar cualquier susurro de esa voz
otra, lleva, inevitablemente, a preguntarse: ¿por qué el título de Doña Bárbara y no otro más acorde con
esa figura prometeica de Santos Luzardo? De hecho, si se relee el texto, bajo
la guía de esa discreta voz que habla
sigilosamente a los oídos, Santos Luzardo tiene la forma de un personaje
forzado, es decir, que debe ser reafirmado explícitamente una y otra vez en la
narrativa para no solo lograr imponerse en su obra civilizadora, sino para
evitar, a toda costa, sucumbir ante la presencia mítica, legendaria y
seductoramente avasalladora de Doña
Bárbara; quizás al decir Doña Bárbara
se está nombrando, en ella, a la llanura,
ese horizonte abierto, ancho e infinito.
A partir de lo escrito
hasta ahora, ¿por qué un epílogo para
cerrar la novela? Este epílogo lleva
consigo, al parecer, un propósito: reúne en su discurso la pretensión de un
conjuro, el ejercicio ritual de un “exorcismo” que termine de expulsar un mal,
o lo que, bajo ciertas formas de mirar, es calificado de mal “monstruoso”, como
en varias ocasiones lo llama el narrador.
La cuestión está en que
el conjuro parece no tener un éxito completo o definitivo. La presencia de
aquello que ha sido, aparentemente, exorcizado sigue ahí en las fronteras de la
prometedora era civilizadora inaugurada por el triunfo de Santos Luzardo. Esa
presencia otra, que no está más allá o más acá de la razón civilizadora, llega
a dominar, en significativas ocasiones, el discurso de la tercera parte de la
novela y toma rienda de él, como si el narrador fuese llevado por otro
horizonte, otro modo que ser, una otredad
que escapa al juego que acontece entre barbarie y civilización.
Los rebullones terminan
evocando inevitablemente la voz de otras
praxis históricas culturales, otros modos de comprender la realidad, de
darle sentido. En medio de la “obra” civilizadora de Santos Luzardo, ese otro
modo de comprender la relación con la vida y con quienes en ella se viven, esa voz otra, no deja de hablar, sigilosamente, y de hacerse oír, silentemente, de hacerse sentir, en
medio de su ruidosa ausencia, sin necesidad de la confrontación y menos aún de
aniquilar el modo del otro o la otra de vivirse humanos.
Doña
Bárbara se ofrece, entonces, como la metáfora de un
proyecto histórico y cultural que trajeron consigo los invasores europeos. Un
intento, como el aparente triunfo de Santos Luzardo con su cerca y su tren, por
implantar una modernidad, unas prácticas fundadas en la civilidad occidental,
que ha ido danzando entre su comienzo, su desenlace fallido y su re-comienzo,
para fallar de nuevo e intentarlo una vez más. Metáfora e intento que vale la
pena seguir escudriñando, arrimando el oído para lograr escuchar e interpretar
el susurro de esa voz otra que, en su silente decir, trae consigo la memoria
aún viva de otro horizonte que no ha podido ser extirpado del topos histórico
cultural venezolano y, a lo mejor, latinoamericano.
Lo que sí ha mostrado
esta primera aproximación al texto de Doña
Bárbara es que, en medio de esa danza de barbarie/civilización, entre sus trastabilleos,
es posible escuchar el susurro silencioso de esa voz otra que, apaciblemente, sin apuros ni prisas, navega como un
bongo “Arauca abajo”, rondando los límites de una “civilidad” que no ha
logrado, a pesar de su triunfo de la mano de la “técnica”, simbolizada en la
cerca y el tren, extirpar esos otros modos de practicar la existencia que se mueven
entre las fisuras de los recurrentes
proyectos políticos y económicos que han plagado y siguen plagando la
historia y la realidad cultural venezolana y latinoamericana.
[i] La Candelaria es una región con
varios asentamientos campesinos del Municipio Pedro Camejo del estado Apure,
Venezuela, vecino de los Municipios Biruaca y San Fernando de Apure. Recibe su
nombre del histórico y, a la vez, legendario hato La Candelaria cuya fundación
se dio aproximadamente hacia el año de 1769 0 1770. Cf. Botello, O. (2013). La Candelaria. Hato Pionero de Apure.
Caracas: Fundación Casa Nacional de las Letras Andrés Bello.
[ii]
El estado Zulia es uno de
los estados más extensos de Venezuela ubicado en la región occidental del país
limitando con Colombia y alberga en su seno el conocido Lago de Maracaibo.
[iii]
Los altos mirandinos es una
subregión del estado Bolivariano de Miranda, Venezuela, constituida por los
municipios Guaicaipuro, Carrizal y Los Salias. La capital del municipio
Guaicaipuro es la misma de dicho estado, conocida como Los Teques, el mismo
nombre de la tribu del cacique Guaicaipuro quien opuso una feroz resistencia a
los invasores españoles.
[iv] En La Arqueología del saber, texto que intenta dar cuenta de la
empresa emprendida en la Historia de la
locura en la época clásica, El
nacimiento de la clínica y Las
palabras y las cosas, Foucault, luego de precisar lo que él denomina arqueología en tanto “descripción de las formaciones discursivas”,
llama saber al “conjunto de elementos
formados de una manera regular por una práctica discursiva y que son
indispensables a la constitución de una ciencia, aunque no estén necesariamente
destinados a darle lugar…” Por tanto, un “saber es aquello de lo que se puede hablar en una práctica discursiva
que así se encuentra especificada: el dominio constituido por los diferentes
objetos que adquirían o no un estatuto científico…”; en consecuencia, el
saber es “el espacio en el que un sujeto
puede tomar posición para hablar de los objetos de que trata en su discurso…”
Foucault M. (2003). La Arqueología del
saber. México: Siglo XXI editores, p. 306. Por otra parte, en su Curso
Ciclo Lectivo 1975-1976 en el Collège de France, centrado en el tema del poder
y, por tanto, de la biopolítica, Foucault habla de saberes sometidos
entendiendo por tales aquellos “contenidos
históricos que fueron sepultados, enmascarados en coherencias funcionales o
sistematizaciones formales”, así como “a
toda una serie de saberes que estaban descalificados como saberes no
conceptuales, como saberes insuficientemente elaborados: saberes ingenuos,
saberes jerárquicamente inferiores, saberes por debajo del nivel del
conocimiento o de la cientificidad exigidos”. Foucault M. (2000). Defender la sociedad. Buenos Aires:
Fondo de Cultura Económica, p. 21.
[v] En Historia de la Locura en la Época Clásica Foucault da cuenta de un
desplazamiento. Desaparecido el azote de la lepra a finales de la Edad Media,
el lugar que ella ocupaba y los espacios de exclusión que para ella fueron
establecidos será ocupado por la locura o, mejor, por el loco. Pero este
desplazamiento no es, esencialmente, espacial. Es de otra naturaleza puesto que
muestra otra experiencia del loco
distinta a la que se tenía en el Renacimiento. En todo caso, ese desplazamiento
en la mirada analítica de la locura en el siglo XVIII es expresión de “otra experiencia” frente a ella “puesto que representa la diferencia del Otro en la exterioridad de los otros”.
Foucault M. (1964). Historia de la locura
en la época clásica I. México: Fondo de Cultura Económica, p. 285.
[viii]
Cf. al respecto Herrera
Luque F. (1981). Viajeros de Indias.
Caracas: Monte Ávila Editores.
[ix] El proyecto civilizador de
Santos Luzardo está simbolizado en la cerca y el tren. Pero en términos de una
modernidad tecnológica, es decir, de lo que Jurgen Habermas denomina una modernización social que no supone,
necesariamente, una autoconciencia de la razón moderna. Cf. al respecto
Habermas J. (1989). El discurso
filosófico de la modernidad. Madrid: Taurus Ediciones.
[x] Gallegos, R. (1929). Doña Bárbara, p. 49
[xi] En mi trabajo de campo sobre las
leyendas de las sabanas del Cajón de Arauca, por los correderos de los llanos
de La Candelaria, tuve la oportunidad de residir en el fundo Canaima, propiedad
de Don David Vera, en el cual, para ese entonces, aún no había llegado la luz
eléctrica. En esos días pude experimentar la noche llanera, acostado en un
chinchorro, a la sombra de un viejo Matapalo. Sobre la noche, el día viernes
santo (18 de abril de 2014), anoté lo siguiente: “Noche oscura debido a la
falta de luz de la luna y de presencia de estrellas en el firmamento. A duras
penas se podía ver a alguien a unos cuatro o cinco metros. Aun así, para los
que viven en el lugar, orientarse en esas circunstancias no es difícil, aunque
ello no significa que no puedan perderse o desorientarse tomando el camino
equivocado… No es difícil saber, entonces, que la noche tenebrosa es resultado
de la oscurana que se produce por la ausencia de la luna y las estrellas, o la
presencia constante de estos astros, interrumpida por los nubarrones típicos de
la época de lluvia, y las tormentas torrenciales propias que se dan entre los
meses de mayo-octubre. Esta noche que pasó, entre jueves y viernes santo, fue
noche oscura primero, noche clara después y noche semiclara luego, con fuertes
vientos en la madrugada. ¡Pero no fue noche tenebrosa!”.
[xii] Aún circula hoy por los mil
caminos de las sabanas de La Candelaria, en pleno corazón del Cajón de Arauca,
la Leyenda del Araguato del Troncón
cuyas raíces históricas culturales se vinculan a la leyenda de un antiguo pacto
consistente en el enterramiento de un hombre vivo. Dicho pacto, según los
lugareños, aconteció en las proximidades del Hato La Candelaria. Quizás no sea
mera casualidad la referencia a esa figura mítica y totémica del “toro
araguato” en Doña Bárbara.
[xiii]
Gallegos, R. (1929). Doña Bárbara, p. 50.
[xiv]
Quizás Rómulo Gallegos pretendía valerse de las creencias y
supersticiones mítico-religiosas que poblaban la llanura venezolana, y aún hoy
la pueblan, para, a partir de un uso instrumental de ellas y como recurso
retórico supeditado a la razón civilizadora, afirmar la necesidad de superar la
“barbarie” y dar paso a la impostergable civilidad. Habría acá una estrategia
análoga a la que los investigadores en el campo de la filosofía le atribuyen a
al uso del mito por parte de Platón en sus diálogos. Cf. Lisi Bereterbide, F.
L. (2009). El mito en Platón. Algunas reflexiones sobre un tema recurrente en Areté Revista de Filosofía, vol. XXI, N°
1.
[xv]
Efectivamente, en el mismo
capítulo, el V de la primera parte, donde se habla sobre “el familiar”, el autor de la novela pone
en boca de Pajarote, luego de un contrapunteo entre este último y María Nieves
sobre quién había visto a “el familiar”,
las siguientes palabras referidas a las “brujerías de doña Bárbara”: “Pero ya todo se va a acabar. El pitido del
araguato que escuchó mi vale María Nieves es el aviso de que ya se le ha
llegado su hora. Por lo pronto, aquí hemos ganado mucho con que, por la venida
del doctor, se le haya acabado el negocio al ladronazo del don Balbino. ¡Ah,
hombre bien lambido para manotear lo ajeno! Con decir que ha robado hasta al
Ánima de Ajirelito, ya está dicho todo”. Gallegos R. (1929). Doña Bárbara, p. 58.
[xvi] En una charla, publicada en la
revista Lyceum de La Habana, sobre La Pura Mujer sobre la Tierra, al
abordar la figura de Doña Bárbara, entre otras mujeres de su obra literaria,
Rómulo Gallegos expresa no conocer el destino de ella: “Doña Bárbara desapareció de la noche llanera, después de aquella
repentina iluminación de la madre frustrada y reprimida que llevaba en los
abismos de su corazón. Yo mismo no sé hacia dónde cogió camino entre los
innumerables de la sabana, pero del trato y comunicación con su monstruosa alma
me quedó a mí, indudablemente, el deseo de encontrarle a nuestras desventuras
madre generosa, aun dentro de ese tipo de mujeres en quien lo femenil no es
todo suavidad y dulzura…” Rómulo G. (1985). Una posición en la vida. Caracas: Gobierno del Estado Miranda, p. 420.
En realidad, el Epílogo de Doña Bárbara
no da cuenta de su desaparición “de la
noche llanera”. Al contrario, es al amparo de la noche llanera, en un bongo
misterioso, que algunos afirman haber visto la figura de una mujer, ¿la “reina de los ríos”, quizás?, que va
“Arauca abajo”.
[xvii] En un bongo llega Santos Luzardo,
por el Arauca, a la luz del día y bajo el amparo de sus cavilaciones
civilizatorias, asaltadas por instantes por los recuerdos de su infancia y su
adolescencia llanera bajo el arrullo de las prácticas de la “barbarie” de la
sabana apureña; en un bongo dicen que han visto a la “cacica del Arauca”,
abrazada por la noche, rumbo a “Arauca abajo” como quien va desandando el río
o, quizás, regresando a él, al origen.
[xviii]
Gallegos R. (1929). Doña Bárbara, pp. 348-349.
[xix]
La cuestión de la “voz”, y su
singularidad, no es una mera ocurrencia narrativa de este ensayo. Ella
atraviesa, de principio a fin, la novela, como si de un daimon criollo se tratara. La presencia de esa “voz” se enuncia muy pronto en la novela,
en la animosidad abúlica del joven Santos Luzardo, residenciado en Caracas con
su señora madre luego de la muerte de su hermano Félix por manos de su propio
padre, y bajo la forma nostálgica del “horizonte abierto” de la llanura: “Eran ambas cosas; pero también, la
trasplantación. La falta del horizonte abierto ante sus ojos, del cálido viento
libre contra el rostro, de la copla en los labios por delante del rebaño, del
fiero aislamiento del jinete en medio de la tierra ancha y muda”. Gallegos R. (1929). Doña Bárbara, p. 26. Esta
voz, en su singularidad histórico
cultural, irrumpe, luego, con fuerza una vez que Santos Luzardo ha regresado a
la entraña de la sabana llanera en la que la “vida del Llano” se le muestra como “fuerza incontrastable con que atrae su imponente rudeza”. Gallegos R. (1929). Doña Bárbara, p. 45. ¿Por qué “fuerza incontrastable”? ¿Se trata,
entonces, la “vida del Llano” de un
modo de vivir inconmensurable, es decir, ni mejor ni peor, sino otro en su otredad?
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